
Hay conciertos que se escuchan, otros que se celebran, y unos pocos que se sienten en el cuerpo entero. Lo de este domingo con Los Jaivas en el Estadio Nacional fue de esos que no se viven sólo con los oídos: se viven con el corazón, con la piel, con la historia que cada uno carga y también con la historia que todos compartimos como chilenos.
Fue una velada verdaderamente multitudinaria: estaba repleto hasta el último rincón, y lo más hermoso era mirar al público y descubrirlo diverso, amplio, mezclado. Había jóvenes, niños, familias completas, y también personas mayores que han acompañado a la banda por décadas. Esa mezcla generacional convertía al concierto en un espejo de Chile mismo. Los Jaivas no son sólo un grupo de música, son parte de nuestra identidad cultural transversal, un lenguaje común que atraviesa edades, territorios y memorias.
La celebración también reunió a grandes figuras de la música chilena, que subieron al escenario para acompañar a Los Jaivas en distintas canciones. Entre ellos estuvieron Roberto Márquez, de Illapu; Aldo “Macha” Asenjo, de Chico Trujillo y Bloque Depresivo; el cantautor Nano Stern; Joe Vasconcellos, Álvaro Henríquez, voz esencial de Los Tres; y dos históricos de Congreso, Tilo González y Pancho Sazo.
La mística de siempre estuvo ahí, flotando. Pero había algo más: una emoción que atravesaba a todos, como si cada canción viniera acompañada de un recuerdo, de una persona, de un pedacito de país. Y entonces ocurrió uno de los momentos más potentes: un diablo de La Tirana bailando sobre el memorial del Estadio, en esas gradas intactas desde la dictadura, esas que siguen allí como un recordatorio silencioso. El contraste era inevitable: la fiesta ancestral frente a la memoria dura, el movimiento frente a lo que quedó detenido. Una escena que se clavó en todos los que la miraron.
Pero sin duda el momento culmine fue el reencuentro con los integrantes originales mediante la IA, un gesto que encendió el alma del público. Recurso que permitió juntar en una imagen a sus integrantes históricos: Gabriel Parra mítico baterista de Los Jaivas y considerado uno de los percusionistas más influyentes del continente, fallecido en 1988 en un accidente automovilístico mientras la banda estaba de gira y el Gato Alquinta con su inconfundible voz y una de las almas creadoras del grupo, murió en 2003 a causa de un paro cardiorrespiratorio mientras estaba en el norte de Chile.
El repertorio cruzó épocas como quien recorre una casa llena de habitaciones conocidas: cada canción abría una puerta distinta, y el público entraba sin dudar. Todos cantaban, todos compartían algo. Había lágrimas, había sonrisas, había esa felicidad extraña que sólo ocurre cuando uno se sabe parte de algo más grande.
Cuando el concierto ya se acercaba a su cierre, ocurrió lo inevitable: el Estadio Nacional se transformó en una fiesta. Una fiesta luminosa, cariñosa, de esas donde nadie quiere irse.
Los Jaivas no dieron un concierto. Le devolvieron al país un pedazo de sí mismo, y lo hicieron con la belleza, el respeto y la magia que sólo ellos saben invocar.

fotografia:
Ramón Gómez
María Loreto Plaza
Periodista: Diandra Chavez







